¡Cómo no van a estar eufóricos!

octubre 21, 2008

Raúl Zibechi

ALAI AMLATINA, 14/10/2008, Montevideo.- A medida que pasan los días y
van apareciendo algunos resultados de la “crisis financiera”, cobra
consistencia la sospecha de que el “pánico” y la estampida de capitales
fue una maniobra urdida por las elites para conseguir una tajada gruesa
de los fondos estatales, sobre todo de la Unión Europea.

Las bolsas reaccionaron a la baja luego de los 700 mil millones de
dólares decididos por el Congreso estadounidense en apoyo del Plan
Paulson. Pero recobraron la euforia el lunes 13 luego de conocerse que
la Unión Europea (UE) dedicará 2,1 billones de dólares (tres veces el
Plan Paulson) a salvar sus bancos. En total, tres billones de dólares
cash, a los que hay que sumar los fondos liberados antes para salvar
otras instituciones tanto en Estados Unidos como en la UE, y las
sucesivas inyecciones que vienen haciendo los bancos centrales y la
reserva federal desde hace un año. Es posible que las cifras totales
salidas de las arcas estatales alcancen los 6 billones de dólares. El
PIB de China; casi seis veces el de Brasil. ¿Quién no estaría eufórico?

Tal vez sea cierto, como apunta William Engdahl (Rebelión, 14/10/08) que
Alemania e Inglaterra se salieron del libreto estadounidense, cuyo
sector financiero habría generado pánico bancario (“un pánico
preplanificado”), dejando caer a Lehman Brothers, para aumentar su poder
y el control de la política de Washington. Los hacedores de la crisis
esperaban que los europeos corrieran a rescatar las hipotecas basura de
Wall Street, con lo que se hubieran “destruido lo que quedaba de las
instituciones bancarias y financieras sanas de la UE”.

Según ese análisis, la nacionalización parcial decidida por el Reino
Unido de sus más importantes bancos, medida seguida por Alemania, habría
impedido que la maniobra de Paulson fuera a más. Es posible. Sin
embargo, todo indica que las medidas tomadas por la UE tienen mucho en
común con las políticas de Washington: se limitan a retoques sin atacar
los problemas de fondo.

En las últimas semanas, a medida que escala la caída de las bolsas, se
difundió la especie de que la causa de la crisis es la desregulación del
sistema financiero, y que el establecimiento de adecuados controles
estatales podrá acotar los problemas y atajar crisis futuras. Nada más
lejano de la realidad. La financierización de la economía fue una
decisión del capital para, precisamente, eludir los controles y evitar
verse amarrado por pactos que limitaban su acumulación.

El proceso que levantó vuelo a comienzos de la década de 1970 y está
implosionando ahora, está lejos de ser un accidente del sistema: se ha
convertido en su núcleo duro. El pacto social conocido como Estado del
Bienestar, o sea un trato entre el Estado, los empresarios y los
sindicatos para regular la economía, supuso rígidos controles a cada uno
de los actores. La cosa funcionó, como bien recuerda Mike Davis
(Sinpermiso, 12/16/08) por el “levantamiento de los trabajadores
industriales” que no dejaron otro camino al capital que aceptar, no su
asutolimitación cosa que nunca aceptó, sino la vigilancia activa del
Estado y los sindicatos.

Pero cuando la beligerancia obrera y de los pueblos del Tercer Mundo
pusieron en peligro la continuidad de la acumulación en la producción
real, el capital optó por volatilizarse, saltar los controles y para eso
se convirtió en capital financiero. David Harvey denomina este proceso
como acumulación por desposesión (“El nuevo imperialismo”). El capital
fijo, enterrado en bienes de producción, se trasmutó en capital
financiero obteniendo así nuevos grados de “libertad”. O sea, asistimos
al retorno de la lógica de la rapiña que caracterizó la acumulación
originaria en los albores del capitalismo, que conocemos como Consenso
de Washington o neoliberalismo.

En los últimos treinta años, este capital especulativo hizo añicos el
planeta. Primero a los países más pobres a través de la crisis de la
deuda de los 80, que significó monumentales transferencias del Sur al
Norte. Más tarde, un capital especulativo aún más concentrado, e
incrementado por los fondos de pensiones, lanzó la crisis de 1997 con la
que buscó que Asia terminara financiando la creciente deuda de Estados
Unidos. Ahora, todo indica que la mira estuvo puesta (o está aún) en la
Unión Europea y en los países emergentes. En la medida que estos se
muestran cada vez más reacios a seguir sufragando los gastos de
manutención del imperio, un imperio que además no consigue
estabilizarse, el cerco se estrecha cada vez más sobre las economías
“amigas”.

La próxima víctima, además de las capas medias y los trabajadores
europeos, serán los propios estadounidenses. La expansión del gasto
militar ya no puede seguir tirando de la economía, como sucedió luego de
la Gran Depresión. Peor aún: cada vez son más los que, en el corazón del
imperio, consideran que el elevado gasto militar para mantener el poder
del 1% de la población, se sostiene a costa de desmantelar los servicios
de salud que están llevando a sectores importantes de la población a
condiciones de vida latinomericanas.

Un buen ejemplo para europeos y estadounidenses: en Argentina la brecha
entre el 10% más rico y el 10% más pobre era de 12 veces en 1986, poco
después de finalizar la peor dictadura. En la década neoliberal de los
90 trepó a un promedio de 22 a 26 veces, para escalar a 58 veces en el
pico de la crisis, entre 2001 y 2002. En los útimos cinco años fue
descendiendo paulatinamente, para ubicarse en 36 veces, tres veces más
que la herencia que dejaron los militares genocidas. ¡Ni las terribles
dictaduras consiguieron empobrecernos tanto como las “crisis” fabricadas
por el caputal financiero!

El capital financiero es una suerte de Terminator, una máquina
destructiva que se mantiene activa destruyendo y engullendo los trozos.
Saldrá de esta crisis más concentrado aún, con mayor poder para eludir o
neutralizar controles. Así viene funcionando en América Latina en las
tres últimas décadas. Esta máquina no se detiene por sí sola, ni por
disposiciones que regulen algunos aspectos de su funcionamiento. Puede
disminurise su poder letal, pero en modo alguno puede cambiar su
condición. Sólo destruyéndola, dejará de destruir.
Hernán Uribe

Sólo existen dos modos conocidos para proceder a esa destrucción. La más
segura, son los levantamientos populares, los “Ya Basta” y los “que se
vayan todos”, de los cuales América Latina tiene, desde el Caracazo de
1989, una novedosa y rica tradición. La segunda, es la vigorosa
intervención de gobiernos decididos a cambiar el rumbo. También tiene
este continente algunos buenos ejemplos en ese sentido. “La llamada
economía de los papeles estaba sometiendo a la economía productiva. Eso
se tiene que acabar”, dijo Lula.

Cuando algún gobierno de la región toma medidas en ese sentido, el
capital financiero reacciona con virulencia, como sucedió en Santa Cruz,
Bolivia. Es un buen momento para seguir los mejores ejemplos. Entre
ellos, el del presidente de Ecuador, quien le dijo basta a la
multinacional brasileña Odebrecht, cansado de que se burlara del Estado,
aún a riesgo de que el poderoso Brasil reaccione retirando inversiones.
No hay capitalismo bueno. Por eso, entre esperar la intervención de los
gobiernos y decidirse por desbaratar la máquina depredadora desde abajo,
la opción es clara.

– Raúl Zibechi, periodista uruguayo, es docente e investigador en la
Multiversidad Franciscana de América Latina, y asesor de varios grupos
sociales.

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