Función Paterna y Adicción

octubre 7, 2008

Personalidad y adicción

Referirnos al proceso evolutivo del ser humano implica una serie de pasos a través de los cuales la cría humana deviene hombre, sujeto, persona. De acuerdo a esa evolución será su capacidad de simbolización, comunicación O su opuesto: la adicción como búsqueda de salida del discurso del “Otro”.

La FUNCION PATERNA constituye un momento profundamente estructurante en la evolución psíquica del niño. Además de introducirlo en la dimensión simbólica, al desprenderse de las ataduras imaginarias con la madre, esto le confiere la categoría de sujeto deseante. Ahora bien, para que ese niño surja como sujeto deseante también es necesario que el padre aparezca como representante de la ley y no como su dueño.

La adicción (a – dicto: falta de palabra) es el producto de una dificultad en la comunicación que por tornarse intolerable, lleva a puesta en acto de sentimientos deformados sin la mediación del pensamiento.

La adicción es un acto que, apoyándose en cualquier estructura neurótica, perversa o psicótica, nos confronta a lo que hace cortocircuito con la palabra: es un hacer en lugar de un decir.

Eduardo Kalina observa un modelo típico de relación madre – hijo en el cual el hijo es el depositario del núcleo melancólico de la madre y actúa la depositación de la que es objeto y que es intolerable para la madre, mediante su propia sedación drogadictiva. Con la cual, a su vez, intenta aliviar a la madre.

Satisfacer las necesidades de una madre insatisfecha e incapaz de alcanzar la satisfacción constituye una trama siniestra, a la que se suma la actitud paterna de “hacer la vista gorda”, pues cede al hijo para salvarse él. En otras palabras, la madre pasa así a desempeñarse como un Súper yo sádico y el hijo como un Yo maníaco que no debe deprimirse, para salvar a la díada simbiótica (narcisista). “El modelo de Popeye comiendo “espinacas” constituye el ideal maníaco de identificación. Aquí más que nunca se pone en evidencia la trágica experiencia de sumisión que significa él tener que ser “grandioso” a cualquier costo” (Eduardo Kalina).

Luego de una larga historia de macro y microabandonos sufridos por la madre y – a su turno – por el hijo, se configura una situación en la que éste vive para gratificar a la madre pauperizada. Así el hijo se convierte en la principal fuente de valoración para ella, ya que el marido no la respalda, aunque reclama para él constante estima. Constituyen un triángulo de explotadores. El hijo pasa a ser la “droga” que sostiene a la madre y él busca – a su vez – alivio en los fármacos para mitigar su propia melancolía de fondo, sentida como “vacío”.

El padre suele ser la figura ausente por excelencia; cuando él cumple su función adecuadamente, interfiere en la díada madre – hijo, promoviendo el acceso al orden simbólico, futuro organizador del lenguaje (función paterna). Y es precisamente por la posibilidad de simbolizar, de acceder al lenguaje y poder nombrar la ausencia con la palabra, que es posible nombrarse como uno, es decir, constituirse como sujeto.

El padre del adicto no puede hacer nada para impedir que su hijo quede entrampado en la relación con la madre, faltando por ende límites claros en la relación entre ambos. Esta familia se caracteriza por la desvalorización de la figura paterna, impidiendo así que se establezca en la familia conyugal una ley diferente a la que rige en la familia de origen materno. A mayor preponderancia de la familia materna en desmedro de la autoridad paterna, mayor terreno para el surgimiento de patologías.

En la escena familia irrumpe lo siniestro: aquello que debiendo permanecer oculto, secreto, se manifiesta a través de las acciones de uno de sus miembros.

La familia sufre un shock en el momento en que toma conciencia de la adicción de uno de sus miembros, pero la alarma no se debe tanto al descubrimiento de la misma (modalidad familiar compartida), sino a la forma ilegal en que ésta se expresa a través del comportamiento del señalado como adicto.

LOS PADRES DE LOS ADICTOS.

Si bien cada paciente y su familia constituyen un universo con historia y posibilidades diferentes, existe una amplia variedad de aspectos que asemejan a los padres y las madres de los adictos. Estas similitudes no son privativas de los

trastornos adictivos en sí mismos. Muchas de ellas han sido descriptas como características de padres con hijos que padecen trastornos de la alimentación y de conductas antisociales, promiscuidad sexual, etc.

Para el caso de los adictos varones se ha señalado reiteradas veces que sus MADRES suelen ser indulgentes, apegadas, sobreprotectoras, ambivalentes y permisivas. Con frecuencia refieren que, cuando niño, el paciente era su hijo

favorito, el más bueno, el más dócil, el más fácil de criar, en quien tenían depositadas muchas esperanzas. Por su parte, los PADRES suelen ser más distantes, desapegados. Muchas veces son descriptos por sus esposas como débiles frente al hijo o ausentes de sus roles. La relación con el hijo suele ser negativa, sobre todo al tratar de imponerles disciplinas por medios muy rudos e incoherentes.
A menudo, es posible comprobar que existen otros hermanos, por lo general también varones, que parecen mejor adaptados a las expectativas del padre, e incluso trabajan o desarrollan tareas afines a las de él. El padre suele tener mejor relación con ellos, a quienes de una manera directa o indirecta ponen como modelo de lo que podría esperarse del hijo adicto. El paciente sintomático vive comparándose y devaluándose permanentemente en relación con su hermano.
Al contrario de lo que cabría esperar, en lo superficial el adicto no tiene una relación mala con este hermano, sino que muchas veces se apoya en él para conseguir cosas de sus padres, para que lo perdonen por algo que ha hecho o para que le den otra oportunidad. Dichos hermanos suelen funcionar como padres intermediarios.

En el caso de las adolescentes adictas, es dable observar una actitud de abierta competencia con la MADRE, a quien desvalorizan por todos los medios posibles. A pesar de ello, recurren invariablemente a ella para recabar su opinión respecto de tal muchacho o de tal prenda, al solo efecto de terminar criticando su punto de vista como absurdo, pasado de moda, castrador y poder hacer todo lo contrario. Las madres se desesperan, no saben qué hacer, y – como en el caso anterior – muchas veces intentan soluciones radicales por medio de prohibiciones diversas que son casi imposibles de cumplir o llevar a la práctica.
Los PADRES de las jóvenes adictas suelen ser indulgentes con ellas. Por lo común sus intervenciones en las permanentes e interminables disputas madre – hija resultan poco efectivas.

http://html.rincondelvago.com/drogodependencia.html

Eduardo Kalina (1998). Adolescencia y drogadicción. Editorial Nueva Visión. Argentina

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